miércoles, 8 de marzo de 2017

UNA IZQUIERDA QUE RECONSTRUYA LA IDENTIDAD EUROPEA * **

El rapto de Europa. Mosaico. MNAR. Mérida.
Durante los últimos cien años (más intensamente durante los últimos setenta y aún más en los últimos veinticinco años) Europa ha ido perdiendo su papel económico, cultural, tecno-científico y geo-estratégico; y, lo que es aún más grave, está perdiendo su propia identidad política y social, heredera de más de veinticinco siglos de historia.



Adiós al mundo eurocéntrico.
Los Estados Unidos de América se convirtieron en la primera potencia económica mundial al terminar la Gran Guerra y, a pesar de la crisis de los años 30, consolidaron su poder al término de la Segunda Guerra Mundial. El desgaste de Europa durante lo que cada vez más certeramente se entiende como Guerra Civil Europea (las dos guerras mundiales y, para algunos, la franco-prusiana de 1870) está detrás del ascenso económico de EEUU. Europa, primera potencia industrial, económica y comercial durante todo el siglo XIX, perdía su puesto puntero definitivamente en 1944, cuando en Bretton Woods se estableció el nuevo orden económico mundial: el patrón oro fijo a 35$ la onza.

Paralelamente, la relevancia cultural y el desarrollo tecnológico y científico, siempre vinculados a la capacidad económica, fueron perdiendo peso en Europa a la misma velocidad que lo ganaban los Estados Unidos (en parte, por las aportaciones de científicos e intelectuales europeos huidos de la guerra o acogidos tras ella). La cultura europea (grecorromana, cristiana e ilustrada), colonizadora y explotadora de América, África, Eurasia y parte de Asia empezó a ser vista como un museo de viejas glorias y de ruinas del esplendor perdido. El mundo dejó de ser definitivamente eurocétrico.

Aún así, geoestratégicamente Europa conservó un papel relevante al finalizar la Segunda Guerra: fue la frontera física e ideológica de las dos superpotencias vencedoras, los Estados Unidos y la Unión Soviética, bien simbolizada en el Muro de Berlín y la Guerra Fría. Frontera, por tanto, de los dos sistemas económico-sociales enfrentados, el capitalismo occidental y el comunismo oriental. Los países occidentales de Europa con democracias liberales, en parte herederos de los sistemas públicos de protección social (que comienzan en la Constitución de Weimar de 1919), supieron construir un sistema de economía mixta que a la vez que se sustentaba en el libre mercado y en la propiedad privada, garantizaba la protección laboral y social mediante recursos públicos. Y esto es, sin duda, lo que ha diferenciado a Europa: la construcción de políticas socialdemócratas (o socialcristianas o social-liberales) como forma intermedia entre los dos sistemas máximos: el liberalismo que abomina de la intervención del Estado y se fundamenta en la libertad individual garantizada por propiedad privada; y el comunismo, que abomina de la propiedad privada y se fundamenta en la igualdad económica y social de todos. Es precisamente este sistema mixto identitario, que luego veremos, lo que actualmente se está jugando Europa.

El mundo neoliberal.

El derrumbe de los sistemas comunistas del Este de Europa, precipitado por el empuje del neoliberalismo y el anticomunismo de Thatcher y Reagan (y, al menos en parte, por Wojtyla, el Papa polaco); la nueva estrategia de las Repúblicas Islámicas desde 1979 para responder el conflicto árabe-israelí (y su actual deriva yihadista); y el espectacular crecimiento económico de los países emergentes (lo que en 2001 se llamaron BRIC: Brasil, Rusia, India y China -a los que se unió Sudáfrica en 2011-) acabaron con el papel geoestratégico privilegiado que tenía la Europa fronteriza, al desplazarse las disputas económicas e ideológicas a Oriente Próximo, a Oriente Medio y a Asia-Pacífico.

En mayo de 1979 (un mes después de constituirse la República Islámica de Irán; ocho meses antes de la entrada de la URSS en la guerra civil afgana en apoyo de las tropas gubernamentales y fentre a los muyaidines islámicos apoyados por Estados Unidos) la conservadora, anticomunista y ultraliberal Margaret Thatcher fue nombrada Primera Ministra del Reino Unido con un ambicioso programa de privatizaciones, recortes sociales y desmantelamiento del poder sindical. En octubre del 78, ocho meses antes, el arzobispo de Cracovia, el anticomunista polaco Karol Wojtyla, había sido elegido Papa de los católicos, y en enero del 81, el republicano Ronald Reagan, anticomunista y liberal (defensor de la economía de la oferta), era nombrado Presidente del los Estados Unidos.

Las políticas anticomunistas que provocaron el colapso económico e ideológico de la URSS y de los países del Este fueron clave para la expansión de las políticas neoliberales en toda Europa (y en la Rusia post-soviética), cada vez más asumidas por los partidos conservadores, liberales y hasta socialdemócratas. En su Chavs, Owen Jones recuerda la respuesta de Thatcher cuando le preguntaron cuál era su mayor logro político: Tony Blair y el nuevo laborismo. Hemos obligado a nuestros adversarios a cambiar de opinión. Pero el thatcherismo no sólo influyó en la Tercera Vía del laborismo británico. Ya antes había influido, entre otros, en las políticas social-reformistas de González en España, después en Alemania, en el Neue Mitte del SPD de Shröder, y a lo largo del tiempo en las políticas de la Unión Europea.

El adelgazamiento del papel social del Estado, las privatizaciones de los bienes públicos, las reformas laborales que precarizaban el empleo, las desregulaciones del sistema financiero y de los mercados, la bajada masiva de impuestos a las grandes empresas, la devaluación salarial, etc. se fueron extendiendo por toda Europa: por la vieja Europa de la que se burlaban Aznar y Runsfeld, y por los países excomunistas del Este, convertidos al capitalismo a marchas forzadas.

La Europa del Estado del Bienestar (del Estado Social y Democrático de Derecho), ni capitalista ni socialista, fue vista por los dos sistemas antagónicos como una amenaza para la pureza de sus fundamentos ideológicos. El capitalismo de hoy, el neoliberalismo, que ya no tiene la amenaza de un sistema económico antagónico y alternativo, sigue entendiendo que el sistema europeo de protección pública de los derechos económicos y sociales, que ha sido su seña de identidad, supone una amenaza para sus objetivos (captar para la economía privada los bienes públicos que aún quedan: la sanidad, la educación y, sobre todo, el sistema de pensiones). Tanto más, cuanto la globalización permite la permanente presencia del sistema en todo el planeta: los mercados nunca duermen.

Mantener la identidad europea.

Ese es el reto actual de Europa: mantener su identidad política de protección de los derechos sociales de todos (especialmente de los más desfavorecidos) que están en el punto de mira neoliberal, del nacionalcapitalismo del BREXIT (y del zafio Trump) y de una ultraderecha nacionalista y xenófoba en auge. Pero para ello es imprescindible que la izquierda democrática recupere su aliento y su propio ser volviendo a mirar a quienes siempre debió defender: la clase trabajadora cada vez más precarizada. Si no ocurre, si partidos, sindicatos y ciudadanos de izquierda dejan escapar la oportunidad de reconstruir una izquierda potente que haga frente al neoliberalismo, Europa habrá renunciado a sí misma definitivamente.

* Publicado en Cronicapopular.es 13.03.2017
http://www.cronicapopular.es/2017/03/una-izquierda-que-reconstruya-la-identidad-europea/ 

** Publicado en publico.es. Espacio Público/Ctxt. con alguna variación. 06.04.2017
http://www.espacio-publico.com/se-abre-o-se-cierran-oportunidades-para-el-cambio-en-europa#comment-5830

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