
Sobre el papel y la influencia de los
intelectuales en los últimos cuarenta años, creo que deben
diferenciarse al menos dos ámbitos: por una parte, su función como
referentes ideológicos en los órganos directivos de los partidos
políticos y de sus fundaciones, y, en general, en cualquier
organización que haya pretendido ser un grupo de presión (un
think-tank);
y, por otra, la función de los intelectuales como formadores de
opinión pública en los medios de comunicación.
En el primer sentido, es constatable
la influencia de los referentes ideológicos del SPD en aquel PSOE
del último cuarto del siglo XX, del Conservative
and Unionist Party
thatcheriano en Aznar, y, en ambos partidos (aunque en distinto grado
y por distinto motivos), la influencia de Habermas consolidando un
modelo teórico de negociación (el consenso, que ya forma parte del
imaginario colectivo), y la idea de patriotismo
constitucional. Como son
fácilmente rastreables la influencia en Rodríguez Zapatero del
republicanismo y, en particular, del concepto de libertad
como no-dominación
propuesto por Philip Pettit, o las de Thomas Piketty, Joseph
Stiglitz, Owen Jones, Christian Laval y Pierre Dardot, por citar
algunos ejemplos, en lo que se está llamando partidos
emergentes (Podemos y las
Mareas,
por ejemplo). Que esas y otras influencias no se hagan explícitas ni
lleguen al gran público seguramente forma parte de las carencias
tradicionales de la cultura política española.
El segundo sentido es
significativamente más complejo, tanto por la proximidad temporal,
que inevitablemente nos hace ver borroso, como por la indefinición
del tiempo histórico que nos ha tocado vivir.
Antonio Campillo perspicazmente habla
de guerra civil europea
para referirse al período entre 1914 y 1945. Sin negarle, creo que
bien se podría ampliar el límite hasta 1991, incluyendo así la
caída del muro de Berlín en noviembre del 89, la reunificación de
Alemania en el 90 y el fin de la Guerra
Fría con la disolución de
la Unión Soviética. Que Europa es otra desde entonces y que nuestro
tiempo es hijo de ese largo proceso creo que son dos datos relevantes
para comprender lo que estamos viviendo.
Desde los años 80 del siglo pasado,
el neoliberalismo sin
complejos se ha ido
adueñando del espacio político, ideológico y mediático europeo a
la misma velocidad que la socialdemocracia se ha diluido, seducida
por el éxito neoliberal, y la izquierda no ha sido capaz de
encontrarse a sí misma. Aquel there
is no alternative de
Thatcher se ha hecho lugar común en un mundo ya globalizado y
digitalizado. Que el neoliberalismo ha llevado al límite el
individualismo de los ciudadanos (que somos vistos casi
exclusivamente como consumidores) eliminando el sentimiento de clase
(nadie se ve a sí mismo como obrero, sino como parte de una clase
media de propietarios) y vaciando de contenido y restando poder al
Estado (desregularizando, externalizando, privatizando: desmontando
sistemáticamente los anclajes del Estado
de Bienestar) es, sin duda,
otro de los datos relevantes.

Decía Foucault en su Microfísica
del Poder que lo
que los intelectuales
han descubierto después de la avalancha reciente (se
refiere al 68), es
que las masas no tienen necesidad de ellos para saber; saben
claramente, perfectamente, mucho mejor que ellos.
Tras esta nueva avalancha, hoy podemos decir que los intelectuales al
uso simplemente no
caben
porque nada diferencia sus mensajes del resto de los mensajes salvo
una cada vez más notable brecha generacional: los nativos digitales
se nutren de informaciones que los
viejos rockeros
apenas saben leer, mientras que el intelectual analógico
(si acaso aún existe) escribe ya para otro mundo. Que probablemente
los profesores universitarios, los escritores, los académicos, los
sociólogos, los economistas, los filósofos y todos cuantos
tradicionalmente formaban la nómina de intelectuales no reconocen en
sí mismos ni esa identidad, ni la responsabilidad moral y social que
la modernidad kantiana depositaba en ellos, es, en fin, otro dato
relevante en este recuento.
La borrosidad de nuestro mundo actual,
globalizado y digitalizado, dominado por el neoliberalismo, el
individualismo de los consumidores y la fugacidad de la avalancha de
informaciones fragmentadas ha dejado vacío y rancio el concepto de
intelectual, que ya es solo un buen ejemplo de lo que
Žižek
llama con acierto
concepto-zombie.
Me
decía un viejo profesor, uno de los pocos sabios que aún nos quedan
en España, que hay mucha información, pero pocas ideas. Y es
cierto, pero lo significativo es que probablemente en este tiempo
nuestro ya solo quepa la Babel
informativa
que diagnosticó Vattimo.
* Publicado en publico.es Espacio Público/ctxt, 10.05.2016
http://www.espacio-publico.com/un-debate-largamente-aplazado#comment-5453
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