lunes, 13 de agosto de 2012

UNA VOZ DISTINTA EN EL PSOE

Cuando las dos opciones más temidas y menos deseadas, el rescate a la griega o la salida del euro de España (y la vuelta a la peseta), poco a poco se van apoderando del ánimo de muchos ciudadanos (y posiblemente del gobierno y de la oposición), parece inevitable que, por si acaso llegara a ocurrir cualquiera de las dos, debamos plantearnos las hipótesis de un después.

Tras una intervención total o tras la quiebra total y la suspensión de pagos, parece inevitable que el gobierno debería dimitir y el Presidente convocar elecciones. Por muchos balones que quisiera echar fuera (la herencia recibida, la falta de ayuda del BCE, la intransigencia de Merkel, la coyuntura de los mercados, etc.) ni podría ocultar que el fracaso es propio, ni podría resistir la presión de la calle, de los ciudadanos que pagaríamos las pésimas consecuencias de ese fracaso. Y esto podría ocurrir entre noviembre y enero próximos.

En ese escenario, no es descartable que, hasta las nuevas elecciones, se haga ver como necesario un gobierno de concentración formado por el Partido Popular y el Partido Socialista, presentándose ambos como los únicos capaces de asumir la responsabilidad de la situación, y, de paso, intentando evitar que los partidos más opositores (básicamente IU y UPyD) pudieran recoger el descontento ciudadano y aumentar significativamente su presencia en las instituciones (poniendo en peligro el statu quo y añadiendo incertidumbre a la crisis). No es un disparate pensar que Rubalcaba y sus apoyos mediáticos, con su forma blanda y responsable de hacer oposición, probablemente aceptarían una invitación similar de un Partido Popular acorralado.

Pese a todo, el creciente descrédito entre los ciudadanos de la política (particularmente de los dos grandes partidos nacionales), del sistema autonómico instaurado por la Constitución del 78 (al que se le achacan todos los males actuales) y de la política de cuotas (la casta, según la expresión ultraconservadora que ha hecho fortuna), todo ello, probablemente cristalizaría en un clamor para que las nuevas Cortes fuesen Cortes Constituyentes (y que por pura pendularidad se alejarían lo más posible de la actual Constitución) y en la necesidad de un gobierno de unidad (¿nacional?) que contara con los partidos periféricos más influyentes (sobre todo CiU y PNV) dispuestos a eliminar las Comunidades Autónomas no históricas (aquel café para todos que los más conservadores ponen hoy en cuestión).
En tales presuntas elecciones, es pensable que el PP perdería muchos de los votos que obtuvo en noviembre pasado, pero también es pensable que conservaría muchos de ellos de manera que la bajada en votos no sería desastrosa. No cabe decir lo mismo del PSOE, que no ha podido, no ha sabido o no ha querido recoger el desgaste del gobierno de Rajoy. Y desde luego no es descartable que, como partido, aún no haya tocado suelo y sus resultados fuesen peores que los ya pésimos resultados de noviembre.

Si esto es así, en el Partido Socialista debería desde ya mismo abrirse paso una voz distinta a la de Rubalcaba y su equipo (y muy distinta a la de Almunia, comisario de Merkel); una voz que defendiese nítidamente los valores propios del socialismo y de la izquierda con suficiente autoridad moral.

En mayo de 1979 Felipe González abrió la puerta por la que entró y se ha movido el socialismo de los últimos años (“Hay que ser socialistas antes que marxistas”, dijo entonces). Y esa estrategia le llevó a la Moncloa, asumiendo pragmáticamente como propias ideas absolutamente alejadas del socialismo (y valgan como ejemplos la pirueta para permanecer en la OTAN o las políticas neoliberales de Solchaga). En los momentos más duros de aquellos años, un miembro del Comité Federal del PSOE, portavoz de Izquierda Socialista, Antonio García Santesmases, se plantó y dio un sonoro no a todo aquello. ¿Dónde está hoy una voz así?

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