miércoles, 8 de mayo de 2013

A DOS VELAS

Me viene a la memoria aquella vieja historieta de un viejo judío que llevaba sesenta años yendo cada día, sin faltar ni uno durante tantos años, a rezar al Muro de las Lamentaciones para pedir la paz en el mundo. Cuando un periodista se entera de aquello quiere entrevistarle, contar su experiencia y que el mundo se entere de este ejemplo de inquebrantable fe. Va a conocerle, se presenta y, tras charlar un buen rato, por fin le pregunta: Después de tantos años rezando, ¿cuál es su sensación, qué siente, a qué conclusiones ha llegado?. El anciano, pensativo, le contesta: A veces me parece que es como hablarle a una pared.

Me ha venido a la memoria la historieta -irónica, algo cruel- por la sorprendente recomendación que han hecho en el mismísimo telediario de la televisión pública (la que se supone que es de todos, la que pagamos todos -todos los que pagamos, como bien puntualiza Ruth Toledano-, la del Estado constitucionalmente aconfesional) a los parados para calmar su ansiedad: rezar y poner velas. Con imágenes de fieles poniendo papelitos con peticiones a san Expedito, el santo de la crisis, según la noticia. Y como en los mejores chistes, se apoyan en el testimonio de un psicólogo argentino, que pontifica sobre el afecto balsámico de hincarse de rodillas y poner velas. Esto, según los psicólogos, dice la presentadora. En fin.

A la izquierda hegeliana y a Marx estas cosas olían a alienación. A Nietzsche le olían a ascetismo, a resentimiento y a castración. Mucha fe hay que tener en la magia para calmar la ansiedad del paro escribiendo unas pocas frases en un papelito y encendiendo unas velas delante de una pieza de imaginería (y tanto). Me temo, sin embargo, que mucho antes del viejecito del cuento lamentablemente se quedarán a dos velas  y viviendo en este valle de lágrimas

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