La caída del muro de Berlín (y todas sus consecuencias
posteriores) no supuso, como se interpretó, el triunfo definitivo del
capitalismo y el fin de la historia que
vaticinó Fukuyama: por fin la humanidad ha alcanzado el sistema perfecto que
perdurará por siempre; el devenir histórico ha terminado. O sea, el pensamiento único, como lo llamó
Ramonet, bien expresado en la frase de la recién fallecida Thatcher: there is no alternative (no hay
alternativa) que permanentemente están usando en esta crisis los gobernantes
europeos, incluido el invisible Rajoy. Lo cierto es que ese triunfo desenfrenó
el sistema hasta hacerse neoliberal (neocapitalista, libertariano) pidiendo (y prácticamente
consiguiendo) la total desregulación del mercado: libre circulación de
capitales, mercado continuo, ingeniería financiera, deslocalización, etc.
dispuesto a comerse el mundo, a hacer del sistema el único posible en todo el globe (eso es la globalización), ya
sin enemigos.
Claro que, dialécticamente, eso ha tenido precios: nuevos
enemigos (el eje del mal, el fundamentalismo islámico, etc. -en
palabras del occidente triunfante-) en un nuevo mapa geopolítico
(Eurasia/Oriente Medio), y nuevos competidores (los BRICS -Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica-) en un nuevo mapa
geoeconómico (Asia/Pacífico).
Valga lo anterior para explicar en parte qué quiero decir
cuando hablo de esta crisis financiera, económica, política, etc. como la posible
caída del sistema capitalista devorándose a sí mismo de tan voraz que se ha
vuelto.
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