
El problema surge cuando los representantes de los ciudadanos en el Parlamento y en el Gobierno, que son quienes realmente hacen las leyes, están bajo sospecha y utilizan su poder para dejar impunes sus presuntas ilegalidades. Como podría ser, por ejemplo, el caso de la Italia de un Berlusconi, Primer Ministro, forzando cambios legislativos que en la práctica le protegían legal y penalmente.
Cuando eso pasa, el último reducto de legitimidad está en los jueces y fiscales independientes, honrados y valientes que, a riesgo de poner en peligro su prestigio y/o su carrera -si no algo más grave, como su propia vida o la de los suyos-, persigan el delito aunque sean los más poderosos quienes los hayan cometido. Esos jueces independientes, valientes y honrados -que seguro que los hay, y no pocos- merecerían y deberían contar con todo el apoyo de la ciudadanía y de los políticos honrados que verdaderamente quieran acabar con toda la corrupción, incluida la de sus propios compañeros de partido. Necesitamos con urgencia esos jueces y fiscales valientes.
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