
Ante los
ataques especulativos a la deuda soberana de España, lo peor que pueden hacer
hoy el Gobierno, la oposición y los ciudadanos es equivocarse de enemigo. En esta guerra
financiera y especuladora, los mercados no están atacando a unos Gobiernos, sino
a los Estados mismos con dos objetivos claros: obtener el mayor beneficio en el
menor tiempo y desmantelar los sistemas europeos públicos de protección social
(cuyo capital codician).
Si lo anterior
es cierto, el Gobierno de España, y el partido que le sustenta, debería
entender y hacer entender que, hoy por hoy, su adversario político real no es
el Partido Popular, sino esos mercados financieros y especuladores que, después
de provocar ellos mismos la crisis y recibir ayudas de los Estados, pretenden
ahora trasladarla a quienes salieron en su defensa para obtener mayor
beneficio. Y el Partido Popular, si realmente se entiende como un partido de
Gobierno, debería asumir que su adversario, hoy por hoy, no es ni el Gobierno,
ni el Presidente del Gobierno, ni el PSOE, sino esos especuladores, porque
pueden estar seguros de que quienes están especulando no dejarían de hacerlo si
la situación fuese la inversa a la actual y fuese el Partido Popular quien estuviera
en el Gobierno.
El enemigo,
el verdadero enemigo hoy, no es el otro, sino esos codiciosos prestamistas,
esos especuladores insaciables que manejan a su antojo el mercado desregulado
que tan insistentemente pedían. Y el verdadero peligro, someterse a sus
dictados.
Malo será si
Gobierno y oposición, en lugar de estar atentos a él, se dedican al reproche, a
culpabilizarse mutuamente, a entorpecer o a ningunear las medidas puestas o
propuestas, o a querer rentabilizar los éxitos propios o los fracasos ajenos,
olvidándose de quiénes y por qué nos están haciendo daño, porque lo que está en
juego hoy no es quién gobierna, sino cómo vamos a vivir los españoles durante los
próximos años.
Durante esta
crisis se está redefiniendo el poder económico en el mundo y el papel que cada
Estado (la economía de cada Estado, para ser más exacto) tendrá en él y en
España parece que no queremos ver más allá de nuestro ombligo local y
provinciano, como si Zapatero y Rajoy, Rajoy y Zapatero, fuesen realmente el
problema o la solución.
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